La herencia de Henry Avery

 

Prólogo.


¡Piratas!
Lo primero que esta mítica palabra sugiere a nuestras mentes es una imagen de hombres crueles, sanguinarios, sin escrúpulos, cuya única obsesión es matar y saquear. La literatura y el cine no siempre nos han transmitido una imagen real de la historia.


El descubrimiento del nuevo mundo propició un bullicioso tráfico de mercancías entre América y Europa. Oro, plata y joyas eran principales protagonistas, principalmente para costear los ejércitos que alimentaban las constantes guerras del viejo continente. Guerras religiosas o dinásticas, que pretendían otorgar por la fuerza el control de los diferentes pueblos a quienes se consideraban estar por encima de los demás. Guerras que sumían en la desesperación al pueblo, que luchaba y moría por ideales impuestos con macabro cálculo por sus dirigentes. Todos estos ingredientes componían una peligrosa receta, que en muchos casos derivó en buscar alternativas a la desesperación impuesta por personas sedientas de poder.
Algunas de estas alternativas se convirtieron en lo que conocemos como piratería, una antiquísima profesión, pero que con el rico tránsito de mercaderías que se desarrolló durante esos años, se convirtió en lo que se denominaría la edad dorada de la piratería. La escasa cartografía existente en el enjambre de islas que adornaban el nuevo continente, permitiría que los piratas no fuesen presa fácil para quienes pretendían defender sus a veces deshonestos intereses. Pero con el trascurso de los años, el oficio de pirata se iría complicando, y los barcos mercantes pasarían a ser fuertemente escoltados por naves de guerra.


Miles de barcos piratas dominaban el mar Caribe, cantidad que se vio drásticamente reducida durante la primera mitad del siglo XVIII. Años rebosantes de historias de toda índole, por parte de unos aventureros del mar que mayormente terminarían en la horca.


Pero no todos.

Es imposible conocer todas las fechorías, abordajes, o capturas que ocurrieron durante aquellos míticos años. Los mismos actos, eran un delito, o no, dependiendo de quién los cometía. Un corsario podía abordar barcos o aldeas costeras, con el beneplácito de su gobierno, con la única limitación de respetar, y no siempre, a los barcos y poblaciones de su país o países amigos. Las mismas fechorías estaban castigadas con la horca, si quienes las cometían no tenían la autorización, o patente de corso, de la que disponían los corsarios. Es decir, si no tenían que rendir cuentas de los botines que adquirían, entregando una parte a los gobernantes del país que le autorizaba a cometer esas atrocidades. Podríamos resumirlo diciendo que el perdón o la inmunidad, se obtenía con dinero.


En ese aspecto no hemos progresado mucho.


Algunos de los piratas más famosos fueron personas desengañadas, otras, incluso injustamente tratadas, que buscaron una alternativa a lo que la sociedad les ofrecía, y otras, simplemente personas ambiciosas, sanguinarias, y con sed de riquezas.


No es de extrañar que muchas de las historias de la edad dorada de la piratería todavía sean un misterio. Y tampoco es de extrañar que, en la actualidad, se sigan descubriendo algunos de los frutos de aquellos años.

Poco podrían imaginar los protagonistas de este relato que vivirían las consecuencias de uno de los piratas más famosos de la época dorada de la piratería. Un pirata que, a pesar del corto periodo que actuó como tal, sería de los más conocidos y perseguidos. Un líder nato, que supo gestionar el motín que le proporcionó uno de los mejores barcos de guerra, en el que iniciaría su carrera como filibustero. Un líder que también consiguió que se le unieran bajo su mando algunos de los más poderosos piratas de la época. También logró, en un solo abordaje, lo que se conocería como el mayor botín de la historia de la piratería. Pero existe otra cosa que le hace diferente.

¡Que nunca fue capturado y su rastro desapareció junto a un tesoro de dimensiones inimaginables!

Henry Avery.


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